miércoles, 9 de noviembre de 2011

Releyendo a Lovecraft


Estos días, releyendo el ensayo del maestro de Providence más conocido: "El horror sobrenatural en la literatura" me he encontrado con dos frases que me han hecho reflexionar sobre la situación actual del género del terror; así que las comparto con vosotros:

  • "La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido".
  • "El atractivo de lo espectral y lo macabro es generalmente escaso porque exige del lector una cierta dosis de imaginación y una capacidad de evasión de la vida cotidiana".

Creo que H.P. Lovecraft está en lo cierto cuando advierte que el miedo más antiguo y fuerte es el miedo a lo desconocido... Y quizá ello explique porque los vampiros, los hombres lobo, los zombis de hoy ya no nos asusten tanto.

Como miembros y espectadores de la cultura pop en su vertiente del género de terror, estamos acostumbrados a los gatos que saltan al abrir un armario, al zombi que nos quiere comer las entrañas, al vampiro que quiere afilarse los colmillos con nuestra yugular, etc. Ello implica que un elevado tanto por ciento de películas y obras literarias contemporaneas (y la práctica totalidad de las clásicas) ya no nos produzcan terror... A lo sumo pueden aspirar a un leve hormigueo en la boca del estómago, un leve y efímero sustito o una desazón pasajera del alma. Pero ya nadie puede aterrarse con el Nosferatu de Murnau, el Drácula de Lugosi, el Frankenstein de Karloff... e, incluso, yendo todavía más allá, las películas (y la literatura) de los 60, 70 y 80 se revisan como parte del entramado del terror, como pilares clásicos del género, como obras del Museo del Terror y no como piezas terroríficas.

En resumen, los aficionados al género estamos tan familiarizados con la literatura y el cine de terror; los escritores, guionistas y directores han tratado de asustarnos ya con tantas cosas (extraterrestres, tiburones, tarántulas, aliens, fantasmas, espectros, exorcismos, diablos, vampiros, zombis, hombres lobo, mujeres pantera, asesinos que vuelven después del verano...), que nuestra coraza es ya demasiado dura para que se filtre el espíritu del miedo.

Las soluciones que en su día se intentaron (desde el terror oriental al gore y al torture porn tipo Saw, pasando por las revisiones de los clásicos, las películas de terror psicológico, los remakes estadounidenses de películas de miedo) han ido pasando como hojas caducas durante el otoño, dejándonos casi huérfanos de horror. A todo ello hay que sumar, evidentemente, la extrema crudeza con que nos bombardean diariamente los telediarios, ciertas páginas de Internet, los atentados del 11S o del 11M, etc...

De alguna manera, hemos cotidianizado tanto la Muerte que ya no nos aterra tanto (de hecho, hemos soltado todo el lastre que pudiera representar la empatía, y ya sólo nos horroriza pensar en la propia muerte, no en la Muerte en sí).

En la segunda cita Lovecraft vuelve a dar en el clavo, lo macabro demanda un lector/espectador exigente, capaz de elevarse de lo mundano y de sentir gusto estético por el lado oscuro, salvaje, terrorífico de la vida... y eso es difícil de encontrar.

Las multinacionales tratan de elevar sus beneficios ideando un producto para todos los públicos fácilmente asimilable y digerible por cualquier persona. De este modo, han copado los estrenos y las mesas de novedades vampiros, zombis y hombres lobo que se enamoran de humanas, dhampiros que son casi humanos al 100%, etc...

Por decirlo con palabras técnicas se ha tratado de humanizar al monstruo, de "desmonstrualizarlo", mostrando su faceta más tierna, sentimental... Si el monstruo siente, padece, se enamora y, en suma, no quiere ser el monstruo que es, lo que están haciendo es suprimirle los elementos que lo hacían único (como el "monstruo" de La Bella y la Bestia de Disney), por el bien de las ventas (eso siempre).

Quizá, viéndolo desde esta perspectiva, los no aficionados al género necesitan monstruos humanizados y con las garras recortadas para que no puedan dañarles, y los seguidores del universo del terror nos hemos acostumbrado tanto a los litros de hemoglobina, a que se presente Freddy cuando dormimos, a defendernos de hordas de zombis, a tener una estaca a mano por si vuelve cualquier pariente del conde Drácula... que ya no sentimos el escalofrío de horror que tanto nos gustaba. Y quizá por ello consumimos todos y cada uno de los productos del género que salen para tratar de revivir las primeras impresiones que tenemos grabadas en el cerebro y en el corazón (aun sabiendo que, difícilmente, lo lograremos).

Mi receta en estos casos suele ser siempre la misma: volver a los clásicos del género (Poe, Lovecraft, Mache, M.R. James, Hoffmann, Gautier...), mezclarlos con los clásicos modernos (Campbell, King, Straub, Carpenter, Wes Craven...) y añadirle unas gotitas del terror de nueva hornada en cualquiera de sus variantes (Santiago Eximeno, Darío Vilas, Julián Sánchez Caramazana, David Roas, The Walking Dead, Balagueró, Paco Plaza y un larguísimo etcétera). Seguro que el cóctel resultante te helará las venas y acabarás volviendo a sentir el placer de sentir la nuca helada y no atreverte a volverte, y terminarás escudriñando los espejos, el armario, el pasillo, la nevera, debajo de la cama antes de ir a dormir (eso sí, con la luz encendida y la ventana cerrada... por si las moscas).


Jordi Llavoré

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